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Pentecostés: nacimiento de la Iglesia

Después de Su resurrección, Jesús apareció a Sus discípulos y los instruyó por 40 días, después de los cuales ascendió al cielo. Mientras estaba con ellos, les ordenó:“No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado: Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo” (Hechos 1:4, 5). Ese primer bautismo con el Espíritu Santo sería el nacimiento de la iglesia.
Las palabras de Jesús fueron cumplidas en el día de Pentecostés. Los discípulos fueron llenos con el Espíritu Santo (Hechos 2:4), y apóstol Pedro predicó su primer sermón, rogándole a la multitud que se arrepintiera, creyera en Jesucristo como su Mesías y recibiera el don del Espíritu Santo (verso 38). Ese mismo día de Pentecostés 3,000 personas fueron bautizadas y se convirtieron en el pueblo de Dios (verso 41). La iglesia había nacido.
El día llamado Pentecostés obtiene su nombre de la palabra griega pentekostos, que significa 50avo. Es el festival mosaico observado por los judíos llamado shavuoth, algunas veces llamado Fiesta de las Semanas en el Antiguo Testamento (Éxodo 34:22; Levítico 23:15; Números 28:26; Deuteronomio 16:9-12). Otros nombres para la fiesta son: Fiesta de la Cosecha y Día de las Primicias (Éxodo 23:16; Números 28:26). El Pentecostés debía ser observado en el antiguo Israel en el 50avo día después que el sacerdote meciera una gavilla escogida de los primeros granos que habían sido cosechados en la primavera (Levítico 23:15-21). Eso significaba que siete semanas transcurrían entre el día de la gavilla mecida como ofrenda y el inicio del Pentecostés, de ahí el nombre del festival—la Fiesta de las Semanas. Éste festival había llegado a significar para los judíos la conmemoración de la promulgación de la ley de Moisés (la Toráh) en el Monte Sinaí, 50 días después de la Pascua del éxodo de Egipto (Éxodo 20-24).
Quizás el Espíritu Santo primero vino específicamente en el día judío de shavuoth, o Pentecostés, para señalar que Dios ahora se había movido para escribir la ley no en tablas de piedra, sino en los corazones de Su pueblo a través del Espíritu Santo (2 Corintios 3). El Espíritu inhabitante, el Consolador o Abogado que Jesús había enviado, estaba reemplazando a la “niñera” externa, es decir, la ley de Moisés que había supervisado la adoración del antiguo Israel bajo el antiguo pacto (Gálatas 3:23-25).
Jesús dijo: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo” (Juan 12:32). Dios se había movido de una vez por todas a través de Su Hijo para rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte. La venida del Espíritu a los corazones y mentes humanos en el día de Pentecostés a principios de los años 30’s, fue la señal de Dios que en Cristo Él estaba creando un nuevo pueblo—un nuevo Israel— un Israel del Espíritu (Gálatas 6:16) que incluía por igual a judíos y gentiles.
  

Recibid al Espíritu Santo


El pentecostés hebreo recordaba el día de la Alianza del Monte Sinaí. Era el nacimiento del pueblo de Israel y el día solemne en que recibió las tablas de la ley. Era la fiesta de la Alianza entre Dios y el pueblo elegido. (Ex19:3). Jesucristo quiso que en este mismo día naciese el nuevo pueblo de Dios, su Iglesia. Al igual que en el Sinaí hay una teofanía con truenos y fuego; y se efectúa una nueva creación, pues Jesús sopla sobre los discípulos como Dios Padre sopló sobre el cuerpo inerte de Adán dándole vida.

Los discípulos en este momento quedan constituídos en testimonios veraces y valientes de la resurrección de Jesús, anunciadores de su buena noticia y del nuevo mandamiento del amor. Juan coloca el día de Pentecostés con el día de la Resurrección. Apareciendo a los discípulos reunidos en el Cenáculo, les muestra los signos de su crucifixión, Jesús sopló sobre ellos y dijo “Recibid al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se les perdonen, les quedarán sin perdonar”. Este soplo simboliza y concreta el don del Espíritu Santo, principio omnipotente de la nueva creación operada por la encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Así que el Nuevo Pueblo mediante la Sangre de Cristo, sanciona la Nueva y eterna alianza.

Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo espíritu para formar un solo cuerpo.
Con estas palabras Pablo nos explica la relación que hay en la Iglesia con el Espíritu Santo: existe una diversidad de miembros en ella pero unificados por un mismo Espíritu. El Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia. Es el dador de vida y de unidad de la Iglesia. Es autor y promotor de la vida divina del Cuerpo de Cristo. Es el soplo vital de la nueva creación que se concreta en la Iglesia.
El Espíritu Santo es la fuente de todo el dinamismo de la Iglesia, testimoniando a Cristo en el mundo o difundiendo su mensaje. Esto se ve reflejado cuando Cristo da la misión a la iglesia y el mejor medio para cumplirla que es el don de su Espíritu. Más potente es la fuerza del Espíritu que es amor vivificante y unificante que todas las debilidades humanas y pecados que cometemos nosotros sus miembros.

El Espíritu habita en los fieles como en un templo (1 Cor 3: 16; 6:19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (Gál 4:6; Rom 8:15). Guía a la Iglesia a toda la verdad (Jn 16:13), la unifica en comunión, la provee y gobierna con diversos dones y la embellece con sus frutos (Ef 4:11-12; 1 Cor 12:4; Gál 5:22), la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo »

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.
Con esta frase podemos acercarnos a otro aspecto importante de esta fiesta: la inhabitación del Espíritu Santo. En la historia de la salvación la presencia de Dios tuvo una evolución. En la Antigua Alianza, Dios está presente y se manifiesta en la “tienda” del desierto, más tarde en el “lugar santísimo” del templo de Jerusalén. En la nueva alianza, la presencia se actúa y se identifica con la Encarnación de Jesucristo: Dios está presente en medio de los hombres mediante la humanidad asumida de su Hijo. Así Dios va preparando una nueva presencia, invisible, que se manifiesta con la venida del Espíritu Santo. Una presencia interior, una presencia en los corazones humanos. Así se cumple la profecía de Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo, meteré dentro de ustedes un espíritu nuevo… Pondré mi espíritu dentro de ustedes”.
Todos los hombres vienen a ser templos de Dios, porque es el espíritu de Dios quien habita en ellos. Trae una consagración de la entera persona humana a semejanza del templo. Santifica cuerpo y alma confiriendo una dignidad mayor, la de Hijo de Dios, de participar de la vida trinitaria divina a través de la gracia. Por eso no hay que entristecer al Espíritu Santo con una vida de pecado o tibieza espiritual. Siendo Él la Persona de la Trinidad, viviendo en el corazón humano crea una exigencia interior de vivir en el amor trinitario.
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